— Mariano Colombo
Desde comienzos de este año, República Democrática del Congo padece el recrudecimiento de los enfrentamientos armados entre su ejército y los rebeldes del M23. En enero mismo, los combates se dieron en el este del país, más concretamente en la ciudad de Goma, capital de la provincia de Kivu del Norte.
Para describir el caos reinante, dos conferencistas congoleños que visitaron el Vaticano en marzo último, dijeron que “no sabemos quien mata a quien”.
La cruel realidad del país africano marca que, tenga la edad que tenga, ninguna franja de la población ha conocido un período de paz más o menos significativo, debido a los sucesivos brotes de violencia armada que se remontan hasta el siglo pasado.
Hoy el precario gobierno de la RDC acusa a Ruanda de implicarse en el conflicto reforzando las formaciones del M23 para poder comercializar cobalto, insumo clave en la industria de la telefonía móvil.
Por eso, la riqueza mineral que caracteriza al territorio, es paradójicamente la principal causa de las sangrientas disputas por el control del extractivismo desenfrenado y ajeno a todo proyecto de desarrollo social y de cuidados ambientales, con explotación de niños y mujeres que quedan expuestos a condiciones completamente incompatibles con la salud.
Lógicamente, el drama humanitario desencadenado por décadas de violencia de toda clase arroja indicadores alarmantes: asesinatos, esclavitud, secuestros, epidemias, millones de desplazados y aumento de la violencia sexual con víctimas entre las que se encuentran niñas.
En el ranking mundial de Desarrollo Humano, RDC ocupa la 180º ubicación, quedando incluso por debajo de Haití, e ingresando en el segmento más necesitado y considerado como de “Desarrollo Humano Bajo”.
Pero a pesar de lo abrumadora de toda esa realidad, el tráfico de noticias en internet sobre conflictos internacionales, sigue siendo dominado por las situaciones en Ucrania y Medio Oriente, donde las grandes potencias juegan sus intereses más directos que indirectos.
Las condiciones de sobrevida, como la tragedia que se consuma en RDC, son generalmente ignoradas por esa lente eficazmente selectiva.
Se han ensayado varias hipótesis respecto a las posturas inconmovibles de los Estados más poderosos. Una de ellas, muy inquietante, y aportada por la investigadora costarricense, Tanisha Grant Jiménez, sugiere que la República Democrática del Congo sufre en realidad una omisión a escala continental. Para esta autora, la cobertura mediática de todo conflicto africano en general prejuzga enfrentamientos “anárquicos, salvajes e irracionales”, y por lo tanto, inevitables.
Visto desde ese punto de vista, la comunidad internacional extra-África, parece predestinada a continuar en la muy cómoda postura de espectadora.